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25 de enero de 2010

VIDA NOCTURNA: NUEVO CUENTO DE CARLOS MENDOZA

La luz del día se estaba haciendo más y más tenue, el día llegaba a su fin y la noche cálida del trópico se dejaba sentir, por el aire ya se esparcía el aroma de las flores que solamente se abren durante la noche, que de abrirse de día perderían por el intenso sol tropical la preciada humedad que todas las plantas guardan con celo para su vida. Estas son flores de noche y son tan bellas como las que se abren de día, su aroma es igualmente intenso y agradable para los encargados de ir a visitarlas y esparcir el polen por las demás flores de la selva de noche, una selva diferente y a la vez la misma que da paso a la vida nocturna de la selva tropical, tan intensa como la de día.


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20 de octubre de 2009

ALGÚN DIA LOS EGIPCIOS VAN A VOLAR



Los cartagineses podrían haberlo hecho. O quizás los etruscos o los egipcios. Hace cuatro o cinco mil años podrían haber volado.

Si usted y yo hubiésemos vivido en esa época sabiendo lo que sabemos, podríamos haber construido un aeroplano de madera: cedro, bambú para los largueros y las costillas, unidos con clavijas, pegados con goma de caseína, amarrado con tiras de cuero, revestido con papel o con una tela delgada, pintado con almidón.

Cuerdas trenzadas para los cables de control, bisagras de madera y cuero, un aparato ligero y de alas muy anchas. No habríamos necesitado metal, ni siquiera alambre y nos habríamos arreglado muy bien sin goma y plexiglás.

Podríamos haber construido rápidamente el primero, tosco pero fuerte, haberlo lanzado sobre rieles por la ladera de una colina contra el viento y haber virado de inmediato hacia la cima para aprovechar la sustentación ascendente y volar durante una hora. Quizá hiciéramos cautelosas incursiones en busca de corrientes de aire caliente.

Luego, después de haber probado que era posible, habríamos vuelto al taller y, solos o con la ayuda de los expertos técnicos del faraón, podríamos haber pasado del planeador al velero y las
flotas de veleros. Conociendo los principios, el hombre hubiese descubierto que podía volar, habría contribuido al desarrollo de este arte según las características de cada pueblo y antes de que pasaran muchos años habría planeado a 6,000 metros de altura y recorrido 30 kilómetros a campo través y más.

Y mientras tanto, sólo por diversión, comenzaríamos a experimentar con metales, combustibles y motores.

En aquella época era posible, se podía haber hecho. Pero no se hizo. Nadie aplicó los principios del vuelo porque nadie los comprendía y nadie los comprendía porque nadie creía que los seres humanos podían volar.

Pero a pesar de que lo la gente creyera o dejara de creer, los principios estaban ahí. Un ala curvada y ligera consigue sustentarse en un aire que se mueve y no importa si el aire se mueve hoy, hace mil años atrás o diez mil años atrás. Eso no le importa a los principios; ellos son idénticos a sí mismos y siempre verdaderos. Pero a nosotros, a la Humanidad, nos importa, porque nosotros seremos libres mediante el conocimiento. Crea que algo bueno es posible, encuentre el principio, póngalo en práctica… voilá: ¡Libertad!

El tiempo no significa nada. El tiempo es solo nuestra manera de medir la brecha entre no saber algo y saberlo o entre no hacer algo y hacerlo. El pequeño biplano Pitts Special, que actualmente se construye en sótanos y garajes en todo el mundo, hace un siglo atrás habría sido prueba de un milagroso poder divino. En este siglo vemos docenas de Pitts Special en el aire y nadie piensa que tengan algo de sobrenatural. (Excepto para aquellos de nosotros a los que un tonel rápido vertical doble, seguido por un rizo hacia fuera nos han parecido sobrenaturales desde el principio).

Estoy seguro de que para muchos más de los que están dispuestos a reconocerlo, el ideal de volar va mucho más allá del Pitts Special. Algunos de nosotros podríamos quizás abrigar el secreto pensamiento de que la mejor manera de volar sería aquella que nos permitiera deshacernos del avión, encontrar un principio que nos dejara libres por el cielo. Los acróbatas en paracaídas son los que se han acercado más al secreto, pero como caen directamente hacia abajo, no se puede considerar que vuelen.

Con las cosas mecánicas: las plataformas y los tornos de lanzamiento, ha desaparecido el sueño; sin el metal no se puede hacer nada, quédese sin combustible y se precipita a tierra.

Propongo que busquemos una manera de volar sin aeroplanos. Creo que en este momento existe un principio que lo hace posible y que es muy simple. Hay algunos que sostienen que ya se ha hecho alguna vez en la historia. No lo sé, pero creo que la respuesta es aprovechar de algún modo la energía que mantiene unido a todo el universo invisible, la energía de la cual las leyes de la aerodinámica son sólo una expresión que podemos ver con nuestros ojos, medir con nuestras esferas y tocar con el tosco metal de nuestras máquinas voladoras.

Si la respuesta sobre la forma de aprovechar esta energía está más allá de la máquina, entonces debe estar dentro de nuestra capacidad mental. Las investigaciones sobre telekinesis y percepción extrasensorial, como las de aquellos que profesan filosofías que sugieren que el hombre es una idea ilimitada de energía primaria, exploran una veta interesante. Quizás haya mucha gente volando por los laboratorios en este momento. Rehúso afirmar que es imposible, aunque por el momento pudiese parecer sobrenatural, del mismo modo como nuestro primer planeador hubiese causado perplejidad y temor a los egipcios que se habían quedado en el valle.

Por el momento, mientras estudiamos el problema, el antiguo sustituto de tela y acero que llamamos aeroplano tendrá que seguir entre el aire y nosotros. Pero tarde o temprano –no puedo dejar de creerlo- todos nosotros los egipcios aprenderemos a volar.

RICHARD BACH – 1970

Tomado de:
“El Don de Volar” – Richard Bach

Título original: A Gift of Wings
Edición Original: Eleanor Friede/Delacorte Press
Traducción: Gregorio Vlastelica
© 1983 Alternate Futures Inc. Por acuerdo con Eleanor Friede/Delacorte Press
© 1985 Javier Vergara Editor S. A.
ISBN 950-15-1574-5
Edición de Verlap, 1995.
Digitalización – TROY, Nov. 2007.
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14 de octubre de 2009

UN CUENTO DE AMOR


Carlos Mendoza nos acaba de remitir un nuevo cuento titulado "Las líneas delicadas". Una bella historia de amor, de esa clase de locura para la que, como él nos dice no hay ni medicamentos ni tapabocas ni tratamientos ni nada.

Lectura recomendable, amena y deliciosa para todas las edades.

Si usted ha tenido dudas acerca dek SU amor... lea AQUI.
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8 de octubre de 2009

MUJER QUE BUSCA AMOR


Había una vez una mujer que buscaba el amor. Lo buscaba de un lado a otro de la vida averiguando sus paraderos y preguntando por sus maneras. Lo buscaba intensamente.

Se ponía su piel y sus tocados de mujer y salía a buscarlo inventando baladas en los anocheceres y valses en las medias noches.

Se ponía sus mejores ojos y sus mejores labios y salía a buscarlo con caricias que después quedaban por ahí como palomas mojadas.

Ella y el amor se desencontraban siempre.Ella iba y él venía. Ella andaba por la selva y el amor por el desierto. Ella en el desierto y el amor en las alturas.
Ella en las orillas de arena y el amor dando vueltas por el Obelisco.

Lo buscaba en los puentes, en los túneles, en las avenidas, en los caminos de tierra. Todo un itinerario de búsquedas con líneas rectas y curvas que se fueron agregando a las líneas de sus manos.

A veces salía a buscarlo con herraduras de siete clavos.
A veces con la rosa de los vientos mojada en agua de rosa mosqueta.
Otras veces con tréboles de cuatro hojas latiendo en la mitad del pecho.

Creyó encontrarlo en los halls de los cines, en los museos, en los aeropuertos, en los bares, pero sólo fueron señales equivocadas. Ilusiones de los ojos. Encantamiento de los labios.

Un día dejo de buscarlo.
Guardó las herraduras y los tréboles en los cajones.
Dejó que la rosa de los vientos se fuera con el viento del sur y salió a la vida por otra puerta.

Caminó de un lado a otro tratando de saber cómo eran esos caminos. Cómo era caminar sin buscar el amor. Sin esperarlo. Ir por la vida sin el reloj de los desencuentros. Andar con cada cosa en su lugar.El corazón cumpliendo sus latidos y los ojos cumpliendo sus miradas. Andar así era un alivio de cuatro hojas.

Una tarde volvía de cualquier lado, caminando como si el paraíso pasara por esa calle. Iba como en el aire, pensando en cualquier cosa florecida. Iba con el reloj en ninguna hora y el corazón en ninguna espera.

Caminando así dobló la esquina y ahí estaba el amor.

Ahí estaba, esperándola con un aire de selvas y de océanos, en medio del ruido de los autos y de los semáforos florecidos.

Ahí estaba, con esa pluma de paloma en la solapa.

Con ese ramito de lavanda que no se había marchitado aunque ella hubiera demorado tanto tiempo en llegar.

Lía Schenk

Gracias, Wookie, por este material excelente.

Troy
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