Gran parte del valor de la cultura popular radica en ocupar sitios comunitarios desde los cuales difundir el arte y sus peculiares formas de expresión. El Tlalancarock es un ejemplo claro de estas febriles ansias por manifestarse y formar parte de un conglomerado que tiene la oportunidad a cuentagotas de disfrutar de estos estilos rockanroleros.El sábado 2 de octubre, dentro de la quinta edición de este festival musical, los asistentes se fusionaron con las cuerdas, con las percusiones, con las voces estridentes que envolvieron la plaza pública de San Matías Tlalancaleca, Puebla, para conformar entonces una estela informe de cuerpos que se movían al compás de ritmos diversos que los grupos fueron presentando. Sin pretextos necesarios, sin motivos aparentes, los jóvenes tomaron musicalmente la plaza de esa población para exponer algo que en ocasiones se mantiene, por su propia creación, en lo under, en ese espacio recóndito y poco conocido. Esta muestra no sólo sirvió para refrendar la existencia de estilos tan caóticos como peculiares: darketos, skates y skatos, góticos, emos, ravers, surfer, rastafaris, hippies, entre otros; sirvió para replantear su ubicación en estos espacios y hacer saber que, a pesar de las situaciones que se pudieran vivir en el entorno, la música sigue siendo un elemento básico para disfrutar, compartir y para sentir la más profunda esencia personal y grupal. La siguiente meta no será fácil, ¿qué sorpresas nos deparará el Tlalancarock en octubre de 2011?
